«—¡Vete!
—gritó desde la puerta.
La
rabia y la irá carcomían su corazón.
Luego
a media noche,
dos toques en el celular le dijeron que él nunca más volvería.
Había
volado lejos de este mundo.
De
rodillas cayó y la rabia e irá la domaron:
—Mi
culpa es —,
sonrió
con pena.»
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