Mini-novela: Olvidé haberte pérdido; capítulo II

Hola. Un día más en el mes y con ello un nuevo capítulo de "Olvidé haberte pérdido". También hay una nueva imagen para que no se repita la imagen que tenía provisionalmente (demoré un poco, pero no es un gran dibujo, jajá).

Así que para leer el segundo capítulo dale clic en "Seguir leyendo".











Capítulo II



El día había amanecido nublado, con nubes de lluvia; ese aire característico que poseía: aire denso y cálido.
Subió por la colina llena de cruces de madera, de sepulcros descuidados y todos demasiado unidos, mostrando un sitio tenebroso. Y cuando llegó a lo más alto, hundió el pequeño ataúd en la tierra ya escarbada. Lo comenzó a cubrir en silencio, débiles lágrimas flotaban por sus ojos, intentaba reprimirlas. Acabo con su trabajo, se paró y vio todo borroso. ¿Por qué todo lo que poseía tarde o temprano se alejaba de él? Y nadie trataba de entenderlo y él sólo ocultaba su dolor tras una mascara de «todo va estar bien».
Su cuerpo se impregnó de aquel líquido. No aguantó, sólo se dejó tirar al piso ya hecho barro y lloró, lloró todo lo que pudo, todo lo que había reprimido, lloró desgarradoramente. Vio su oscuridad.
Despertó, la lluvia caía con rudeza sobre su nívea piel y lo manchaban.
Descendió del lugar, sus piernas lo conducían a casa. ¿Ése lugar era su casa? Nunca la sintió así, en cierto aspecto, la odiaba, incluso a su familia .Sus compañeros lo envidiaban por tener casi una familia perfecta. Sí supieran la verdad, cómo eran realmente, cómo lo tratan; lo hacían sentir miserable y muerto.
Llegó a su casa, sacó de su bolsillo unas sucias llaves, metió una delgada en la cerradura y entró.
—¿Crees qué son horas de llegar? —dijo una voz desde una esquina.
—No…sé… que… hora es…papá —respondió con voz sumisa.
—Son las once de la noche. ¿Dónde estabas?
—Fui a enterrar a Mcku.
—¡Vete a bañar y duérmete! —le gritó mientras se perdía en la habitación a un costado.
Siempre lo trataba con frialdad, incluso en varias ocasiones le había dicho que se muriera, que dejará la vida, además de no necesitarlo. Lo intentó, sí, pero le dio miedo, miedo de morir y de hacer sufrir a su madre… y su futuro.
Se dirigió al baño, donde se desvistió dejando su cuerpo libre. Abrió la llave de la ducha y se introdujo. El agua descendió por su pecho tocándolo con dulzura a su frágil y melancólico cuerpo. No sé dio cuenta, pero se tapó su cara con sus manos, notó que lloraba… ¿Cómo no sé había dado cuenta? Sus lágrimas saladas se mezclaban con el líquido que lo bañaba.
Se sentía culpable por la muerte de Mcku, si tan sólo hubiera accedido antes, para que lo sacrificaran; no hubiera  sufrido, no hubiera agonizado de esa manera; ya no volvería a tocarle sus orejas, su cuerpo esponjoso, mirarle sus hermosos ojos carmesí. ¿Por qué le era tan difícil dejarla ir? ¿Por qué nadie sentía su dolor? Muchos sólo le habían dicho «lo siento», cuánto odiaba esas palabras, especialmente en una situación así y nadie atinó a abrazarlo fuertemente, para que se desahogara, nadie, ni siquiera sus padres.
Al salir del cuarto de baño no sé despidió de nadie, cómo lo solía hacer todas las noches. Caminó entre el pasillo hacia el segundo piso, subiendo por las escaleras angostas y entró a su pieza, que estaba junto a la primera puerta a la derecha. Se tiró pesadamente a la cama, sólo se tapó con una colcha muy gruesa, adquiriendo una posición fetal dónde comenzó a llorar por su inútil vida.
Se durmió cansado. Donde fue enviado al mundo de los sueños: arrastraba sus pies por un lugar extremadamente seco, tenía sed, pero no de agua, sino de… ¿sangre? Avanzó hacia una colina, la escaló con dificultad y al llegar a la cima vio un imponente árbol, junto a éste se encontraba su reflejo… Vestía una extraña ropa, era mayor, con una mirada aún más perdida de la que poseía en estos momentos de su existencia. Se miraron y al parpadear sólo desapareció. Cayeron lentamente hojas lilas, que al tocar el piso se transformaron en agua, ahogándolo…
Despertó.
Miró su reloj, marcaba las cinco con veinte minutos de la madrugada. No podía volver a dormir. Así que encendió la radio y escuchó una canción rara:

“Seco las lágrimas derramadas por tus mejillas…
Las aprieto fuertemente en mi mano
y hago que desaparezcan para siempre…
Rememoro todo lo que ocurrió…
¿Me odias?
Sí, debe ser eso…
Échame la culpa, destrózame…
Hazme que me sienta miserable,
para poder acabar con todo,
para arrancarme gélidamente mis alas,
y así poder gritar de dolor…”

Miró el cielo de su habitación. Se murmuró así mismo:
—Mañana buscaré trabajo —.



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